Quédate con Él
Llegamos a conocer a Cristo al quedarnos con lo que todavía no entendemos de Él, hasta poder amarlo y desear ser como Él.

Cuando estaba en la preparatoria, en mi penúltimo año, estaba en el equipo de natación. Ya tenía amigos ahí. Eran más callados, como yo. Eran exactamente el tipo de amigos que yo esperaba tener.
Luego estaba McKay. McKay era ruidoso. Extrovertido. Casi todo lo que yo no era. Pero por alguna razón McKay se convenció de que íbamos a ser mejores amigos. Un día, después de la práctica, me siguió a casa en su auto y tocó a la puerta. Me dijo que íbamos a salir. Pensé que estaba loco, pero empezamos a salir de todos modos.
Al principio era incómodo. Nuestras personalidades no encajaban. No sabía qué hacer con él. Ya tenía amigos. No pensaba que necesitara otro, sobre todo uno que no se parecía a mí.
Pero pasamos más tiempo juntos. Práctica. Escuela. Días ordinarios. Y cuanto más lo entendía, más empecé a apreciar precisamente los rasgos que me habían hecho sentir incómodo. Lo ruidoso. La forma en que hacía que cualquiera se sintiera bienvenido. Las cosas que a mí me costaban.
No lo conocí decidiendo, de lejos, que éramos una buena combinación. Lo conocí quedándome el tiempo suficiente para entenderlo.
Hoy McKay es uno de mis mejores y más viejos amigos. Nuestros hijos son amigos. Seguimos reuniéndonos todo el tiempo. Y casi me lo pierdo, porque al principio me hacía sentir incómodo.
Creo que podemos hacer lo mismo con Jesucristo.
Hay cosas de Él que nos resultan fáciles. Su bondad. Su paz. La forma en que tomó a los niños en Sus brazos. Nos quedamos cerca de esas, y eso es bueno.
Pero hay cosas de Él que nos cuesta más entender. Una misericordia que se siente injusta. Un mandamiento que nos cuesta algo. Una enseñanza que no nos cae bien. Y es tentador mantener esas a distancia y quedarnos con lo que ya amamos de Él. Las cosas que ya se sienten cómodas.
No son un Jesús distinto. Son la misma Persona. Y si nos quedamos con Él el tiempo suficiente para conocerlo de verdad, lo que todavía no entendemos de Él se vuelve más fácil de amar. Empezamos a querer ser más como Él — no solo en las formas que ya se sienten cómodas.
El Salvador oró: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.1 No conocer acerca de Él. Conocerlo.
Los propios discípulos del Salvador se toparon con esto. En Juan 6, Él enseñó que era el pan de vida — que tenían que venir a Él, no solo al milagro. Muchos no pudieron aceptarlo. La escritura dice que lo llamaron “dura… palabra”, y entonces “muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él”.2
Jesús se volvió a los Doce y preguntó: “¿Queréis acaso iros también vosotros?”
Pedro no dijo que lo entendía. Dijo: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes las palabras de vida eterna”.3
Ese no es un hombre que ya lo tenía resuelto. Es un hombre que se quedó. Y creo que así es como llegamos a conocer a Cristo. No esperando hasta que todo de Él se sienta fácil. Quedándonos el tiempo suficiente para entenderlo.
El de ustedes puede ser distinto del mío. Un mandamiento que les cuesta algo. Una doctrina que no les gusta. Una temporada en la que Sus respuestas llegan más lentas de lo que querían. El punto es el mismo: lo que todavía no entendemos de Él es a menudo donde llegamos a conocerlo.
Yo soy de los que siguen las reglas. Siempre lo he sido. He tratado de guardar los mandamientos toda mi vida. Así que hay escrituras que siempre me han inquietado un poco. Como esta, en el mismo capítulo de la historia que voy a contar: “habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento”.4
No fue un momento grande. Fue más bien una pregunta callada que seguía volviendo. Si yo he trabajado por guardar los mandamientos toda mi vida, y alguien más hace un desastre y es recibido en casa de esa manera, ¿cómo es eso justo? ¿Para qué guardar los mandamientos, entonces?
El Salvador contó una historia sobre esto. Por lo general la llamamos la parábola del hijo pródigo. Pero hay dos hijos en la historia.
El hijo menor toma su parte de la herencia,5 se va y la derrocha toda. Cuando por fin vuelve a casa, su padre corre a recibirlo y hace una fiesta.
El hermano mayor está en el campo. Oye la música, y se enoja. La escritura dice que “no quería entrar”.6 Le dice a su padre: “He aquí, tantos años te sirvo, no habiendo jamás transgredido tus mandamientos”.7
Esa es mi pregunta. Esa es la pregunta del que sigue las reglas.
Pero fíjense en algo del hermano mayor. Nunca se fue. Vivió en la casa de su padre toda su vida. Guardó cada regla. Y aun así no entendía el corazón de su padre.
Eso me detiene. Significa que puedo guardar los mandamientos, presentarme cada domingo, y aun así no conocer de verdad al Salvador. Estar cerca de Él y conocerlo no son lo mismo.
Su padre sale y “le rogaba”.6 No discute. Dice: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas”.8
Nada le fue quitado al hijo mayor. Su lugar con su padre nunca estuvo en peligro. Pero su enojo lo dejó fuera del gozo que su padre quería compartir con él.
Por mucho tiempo traté esa pregunta como un problema que había que resolver. Encontrar el argumento que la hiciera justa, y seguir adelante. Eso no fue lo que ayudó.
Lo que ayudó fue quedarme con ella. Leer ese capítulo otra vez. Orar al respecto. Hablarlo con mis padres y con mi esposa, Sam.
Lo que al fin lo movió para mí fue un detalle que me había saltado cada vez que lo leía. El padre no solo corre por el camino hacia el hijo que se fue. Después de que el hermano mayor se niega a entrar, el padre deja la fiesta y sale al campo también por él.
Ahí fue cuando la pregunta dejó de ser sobre la justicia y empezó a ser sobre Él. Iba detrás de los dos.
Jesús dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”.9 Cuando contó esta historia, nos estaba mostrando Su propio corazón.
Eso es quien es el Salvador. La misericordia no es un fallo en Su carácter. Es Su corazón. Y nadie es amado menos porque alguien más volvió.
Si ustedes son el hermano mayor, Él está en el campo con ustedes. Si son el que se fue, Él ya corrió por el camino. De cualquier forma, sigue viniendo hacia ustedes.
Todavía tengo preguntas. Pero lo conozco mejor que cuando mantuve esto a distancia. Lo que me costaba resultó ser algo que podía amar, una vez que lo entendí. Al quedarme con Él a través de la incomodidad, he llegado a conocerlo mejor.
¿Cómo se ve esto en la práctica?
Elijan una cosa de Cristo que normalmente mantienen a distancia. Una enseñanza difícil. Una misericordia que no entienden. Una pregunta que apartaron. No se alejen de ella. Quédense un poco más. Léanla. Oren. Hablen con alguien de confianza. Y luego pregúntenle a Él, no solo “ayúdame a estar de acuerdo con esto”, sino “¿qué me enseña esto acerca de Ti?”
Si nos quedamos el tiempo suficiente para conocerlo, lo que todavía no entendemos de Él se vuelve más fácil de amar. Y empezamos a querer ser más como Él.
La parábola nunca nos dice si el hermano mayor entró. Termina con el padre de pie en el campo, preguntando. Creo que es a propósito. Esa parte de la historia nos toca a nosotros.
Casi me pierdo a uno de mis mejores amigos porque al principio me hacía sentir incómodo. No quiero perderme al Salvador por la misma razón.
A Jesucristo se le puede conocer, no solo aprender acerca de Él. Nos encuentra en lo que todavía no entendemos de Él, y cuando nos quedamos con Él ahí, llegamos a conocer Su corazón. Él sale al campo, o baja por el camino, por cada uno de nosotros, y espera que vayamos a Él.